domingo, 4 de mayo de 2014




CORTOS POEMAS EN PROSA

Wilson A. Acosta S.


EL DIA QUE EL RIO AMENAZÓ LA ALDEA


Desde siempre el rio PANZO, prevalido de un derecho que le concedió la naturaleza, en las tórridas épocas de lluvia hizo estragos por las calles del poblado. Correteando en libertad. Arrastrando a su antojo piedras, troncos y ramas de los árboles que sacaba de raíz en su largo trayecto. Irrespetando el descanso de las almas dormidas en el viejo cementerio. Violando sus tumbas.

En el avance alocado de sus aguas, desde las altas cumbres de la montaña, Panzo se dirigía al Sur buscando la lejana bahía, y de paso alimentaba los Cachones y las Norias que discurrían serenas en esa franja que nos limita con dichos humedales que aun existen ya disminuidos, en los sectores de El Tanque, Cachón Seco y El Estero.
Tiempo después, el conuquismo dio inicio al incendio intencional de los altos montes de la Sierra. Donde nacen los ríos.

La tala indiscriminada de los montes en el valle. El irregular crecimiento horizontal del poblado. Fueron las causas principales del empobrecimiento del caudal del rio Panzo. En lo adelante, resultaron tan débiles sus siguientes avenidas, que no alcanzaron con su humedad al pueblo.

No obstante lo anterior. La tradición recoge otro motivo de origen trascendente, milagroso, al que se le atribuye la desaparición de las aguas que bajaban con los desbordes de PANZO en los tiempos de lluvia...

Sucedió que hubo un año, me contaba una vez mi padre, que a su vez oyó de sus ancestros, en que las lluvias rompieron su propio record. Fue tan grande el desorden, permaneció por tantos días el torrente de agua que el rio y el cielo vertieron sobre la población, que borró las cosechas y ahogó a los animales y a las aves. Amenazando la propia vida de los habitantes. El susto. La conmoción creada por tal fenómeno afectó tanto la comunidad, que el Cura Párroco comprometido con la felicidad espiritual y material de esta, motivado por los ruegos y oraciones de la feligresía, enfrentó el torrente que bajaba desde el norte, furioso, indetenible. Le increpó con palabras santas. Invocó su conjuro sobre ellas. Conminándolas en nombre de Dios a no volver jamás sobre el pueblo indefenso.

Desde entonces las Guineas y las Palomas que anidaban por millares en los alrededores, abandonaron para siempre los secos pajonales de TAVARDILLO.
Las "VUELTAS" pequeños conucos que surgían del esfuerzo campesino cada seis meses, aprovechando el arribo de las periódicas inundaciones para colmar de víveres y frutas a nuestros pobladores, vieron interrumpir su ciclo y dijeron adiós. Ya no creció la Yerba Buena ni el Bleo en los patios de las casas ni a orillas de las empalizadas. No hubo más auyamas ni Patillas ni Melones silvestres en los montes circundantes…

Desde ese día comenzó a cambiar la vida económica de Neiba. Por causa de ese hecho de impredecibles y definitivas consecuencias se hizo triste, osco y mísero, el habitante de la región. Pues aquel impetuoso rio que colmaba con semillas de bonanzas nuestras tierras, tras el conjuro sacro del Cura de la Parroquia, volvió sus aguas despavorido hacia su cauce. Y jamás volvió a ser lo que antes fue...



LAS “CORIANAS” DE LOS ÁLAMOS DEL PARQUE

Eran días de intensas y prolongadas lluvias. Las Corianas por centenares subían y bajaban, repitiendo su ejercicio milenario, sobre los troncos las ramas y las hojas de los Álamos del parque. En su ritual obligado, impuesto por la naturaleza. Siempre iban en parejas unidas por el sexo. Cumplían así el mandato de la conservación de la especie. Mis amiguitos de entonces y yo tomados por la curiosidad las perseguíamos, y en un acto de inocente maldad de un tirón interrumpíamos su acto natural de copulación, separándolas.

Las fuertes lluvias ahogaban con sus aguas el polvo de las calles desnudas. Sin asfalto ni cemento. Convirtiéndolas en canales o escorrentías, por donde transitaban raudos barquitos hechos de papel, en algarabía de desafíos. Seguidos por la muchachada de todo el vecindario.

Ya los habitantes del pueblo habían cumplido su obligado ritual tomando de las primeras aguas caídas en Mayo. Por tanto, puedo afirmar que esas lluvias torrenciales eran preludio de verano. Parecería como si el Mar se hubiese mudado al cielo, decidido a volcar su caudal desde lo alto sobre Neiba. Aparecía luego una invasión de millones de mosquitos que azotaban sin piedad a las personas y a los animales. Y que los niños intentábamos espantar de nuestro entorno, acosándolos con ramitas de Lilai.


Las Corianas, así como llegaban al parque repentinamente con las primeras aguas primaverales, así también de pronto desaparecían, cuando cedían las lluvias ante el calor del intenso verano.

Dejando en la mente inocente de los niños una interrogante de su raro comportamiento en su corta estadía entre los Álamos. Interrogante a la que el paso de los años se encargó de dar satisfactoria explicación: las Corianas del parque realizaban allí su obligado apareamiento.


EL FUTUTO

Hubo una época en Neiba en que el Fututo de Totora desde muy tempranito en las mañanas anunciaba a sus habitantes la existencia de carne fresca recién matada, de res, de cerdo o de chivo, dispuesta a la venta del día.

Cerro al Medio que dista unos dos kilómetros del centro del pueblo, hoy se ha convertido en parte de su zona urbana y es además uno de sus sectores más atractivos.
A pesar de la distancia se oía con tanta claridad el sonido prolongado y grave de aquel Fututo, que era capaz de interrumpir con sobresaltos el sueño de los neiberos que aun dormían. Mientras los niños confundidos nos esforzábamos imaginando al mítico animal capaz de producir tan espeluznantes y prolongados bramidos.

Cualquiera juraría que ese cuerno soplado en Cerro al Medio vibraba en la propia cabecera de nuestras camas. Invitando a comenzar el día con la ilusión de un plato de mondongo calientito de un pedazo de carne guisada o de un trozo de morcilla aderezada con jugo de limón.

Totora era el apodo de una amable y distinguida mujer que dedicó su vida al trabajo. Dejando un legado ejemplar a su descendencia. Perpetuada en el recuerdo de sus sabrosos chicharrones o en las delicias de las carnes de novillos jóvenes que ofrecía fiada o al contado a su fiel clientela.

Nuestros pequeños pueblos tenían reminiscencias de aldea. Con crianzas realengas casi domesticas que pacían y dormían en sus calles y en sus patios. Rodeados de conucos que intentaban cumplir con la exigencia de alimentos que tenían sus exiguas poblaciones.

Era cosa común contemplar a nuestras mujeres del campo ofertar por las anchas calles sus productos recién cosechados. Las Marchantas, con las árganas de sus burros repletas de víveres o de carbón vegetal; sus bateas y cacerolas puestas sobre sus cabezas bajo el “babonuco”, en constante equilibrio, ofertando carnes crudas o cocidas, longanizas, pan de maíz, pan de batatas, o el jalao hecho de coco y de miel de abejas.
De pequeño yo oía en nuestro vecindario calificar a las personas que hablaban alto para que su voz se oyera en todo el entorno. Igual a aquellas que gustaban de repetir los chismes apócrifos a viva voz con la siguiente frase: “¡Ten cuidado, que ese es como el Fututo de Totora!”.


EL INVIERNO

El invierno en mi peblo es una farsa montada por natura. Es un verano disfrazado que desnuda de nubes nuestro cielo. No marchita la fronda de los arboles, no molesta a los ancianos en las calles, no lastima las flores, no amenaza las rosas del rosal.
Mi pueblo hace burla del invierno paseándose por las calles obscuras, en chancletas, en camisillas y calzones cortos. Se ríe de la brisa fresca que sopla en las mañanas y hace fiestas en las madrugadas junto a los trasnochadores impenitentes.

El invierno en mi pueblo ha hecho alianza de por vida con el calor de un eterno verano…! El invierno en mi pueblo nos mata de calor!

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