miércoles, 21 de diciembre de 2011



ANGUSTIO: UNA ESTAMPA DE MI PUEBLO
Wilson A. Acosta S.


En todas las comunidades, principalmente en las pequeñas, los acontecimientos que se dan en el permanente discurrir de su historia, constituyen fenómenos que al ser parte de su proceso, le aportan, y participan de ese todo social, dejándole impresa su indiscutible influencia en el transcurso de su camino hacia la estructuración de su acervo. Es su particular colaboración.

Cuando se trata de la aparición de aquellos personajes pintorescos que surgen en las distintas etapas generacionales del ambiente social en que vivimos, su paso por la vida nos deja ricas y excelentes enseñanzas que nos transportan en el tiempo, aportando noticias y antecedentes del comportamiento secular de nuestros coterráneos que a la par de que van despertando nuestro sano deseo de meternos a desempolvar y bucear en esas vivencias casi olvidadas, también nos hacen recapitular y entender que además de héroes y mártires, de escritores y maestros, de patriotas y de revolucionarios, de reaccionarios y antisociales, de santos y de poetas, nuestras comunidades parieron una estirpe de seres incapaces, desamparados y minusválidos mentales, que aunque signados por una pobre cordura en su vida, tuvieron su encanto, cumplieron su rol ( los de ayer y los de hoy) atrapados por una triste misión, arrastrando el estigma de su miserable inconsciencia. Eso sí, desprotegidos, burlados y desdeñados por la insensata incomprensión de la ignorancia de muchos.

Es importante que entendamos que ellos son parte del caudal invaluable de nuestra historia doméstica; que ellos sembraron en la psique social de la comunidad su impronta, con sus chistes, con sus comportamientos irracionales, con sus posturas extrañas, en sus salidas casi geniales, en la limosna recibida cada día de manos piadosas o en el “reperpero” que de vez en vez “armara” cualquiera de ellos subida su adrenalina, que lo hiciera “ perder el juicio y “furiar” lanzando con todas sus fuerzas piedras por doquier, persiguiendo a la muchachada inocente, enardecida, profiriendo con estridencia palabrotas encendidas capaces de hacer ruborizar al más mundano de aquellos mozalbetes asiduos visitantes al parque central. Es innegable, estos seres han sido parte del condimento y la sal que siempre ha dado vida color y sabor a la quietud y a la monotonía de cada época, en cada pueblito, en cada generación.

Ellos complementan la sustancia de nuestro folklor, fueron los de ayer como son los de hoy un componente de nuestra patología, la parte más débil del cuerpo social que se nos muestra personificada en la triste humanidad de “nuestros locos”.

Es importante que sepamos que la herencia del pasado vive en nosotros, los muertos viven en nosotros, en nuestro cuerpo y en nuestra alma, en nuestras costumbres y aspiraciones; lo que somos y lo que seremos lo hemos tomado de los demás, por lo que en términos sociales y biológicos no podemos negar el fardo que arrastramos de todo lo pasado que además nos inspira y constituye piedra en la que se fundamenta la edificación del futuro.

Es esta la razón por la que hoy miro hacia atrás para darle una breve ojeada a este tema sin “aparente significación” para muchos, pero que es totalmente nuestro, con la intención de evitar que las páginas de la historia que los contiene desaparezcan para siempre, tragadas por el monstruo del tiempo y del olvido.

Me cautiva recordar cosas, acontecimientos y personajes que formaron parte de la cotidianidad bucólica corta y estrecha de aquel pequeño y polvoriento pueblito, en el cual desperté a la conciencia hace varias décadas, del que guardo mis propios recuerdos junto al recuerdo que me trasmitieron mis mayores, ¡tan pequeño!, capaz de ser andado y medido de tres zancadas.

Estoy convencido de que el pasado y sus acontecimientos pueden ser interpretados y sentidos de diferentes maneras, más, igualmente creo con firmeza, que cuando de sentir e interpretar esas historias emotivas, esas vivencias, protagonizadas por personajes legítimamente nuestros, que a pesar de su indigencia, de su pobreza de espíritu, aportaron alegría, afinando nuestro sentimiento de caridad y de amor entre risas diversión y conmiseración por ellos, confundiéndonos en el alma de toda la comunidadad cuando se trata de recordar esos seres humanos, dados de baja con antelación por los rangos sociales, el sentimiento se torna definitivamente común en todos y surge espontáneamente la calidad de la caridad humana, que casi siempre permanece oculta, en unas personas más que en otras, en las honduras del alma………………………………………...


Sin esfuerzo despliego el telón, por que el recuerdo aunque lejano está siempre fresco en mi memoria, con deseos de ser compartido; proyecto sobre él las vivencias de mi más tierna infancia y se agolpan las escenas, y aparece de pronto el mítico personaje deambulando, casi oculto entre los negros crespones de la noche, inútilmente desafiados por las luces mortecinas de las bombillas débilmente animadas por la corriente eléctrica de la plantita municipal en las anchas calles de mi pueblo:

A Angustio Gómez lo conocí siendo yo aún de muy poca edad. Su figura fantasmal proyectada por las sombras de las calles semi-obscuras de Neyba me inspiraba miedo, me era imposible discernir su comportamiento respetuoso, yo era un niño, no entendía su timides cuando solicitaba ayuda a mis padres como lo hacía cada noche para saciar su hambre, igual que lo hacía con algunos de los vecinos de nuestra calle.

En mi hogar siempre se le acogió con afecto en sus fugaces visitas que jamás pasaron del frente de la galería de la casa.
Yo en mi inocencia estuve siempre alerta, esperando de él un rapto de locura o de agresión que nunca se materializó.

Vivíamos entonces en la casa de madera y zinc con una pequeña galería al frente que construyo el viejo Teló por encargo de mi padre en un amplio solar de la calle San Bartolomé, con jardín en el frente cultivado por nuestra madre, amante de las flores, con dos enormes ciruelos en el patio que se distinguían entre los otros árboles también sembrados por sus manos.

Teníamos en nuestro patio los restos obsoletos e inútiles del viejo molino de viento con su imponente reservorio construido de concreto armado, que tiempo atrás proveía de agua a la escasa población, aquellas ruinas superadas por el progreso nos servían de entretenimiento, y su presencia en nuestro patio nos enorgullecía.

Distaba nuestra casa a dos casas de la calle Apolinar Perdomo con la que hace esquina la calle San Bartolomé.
Corrían los últimos años de la década del cuarenta del siglo pasado, respirábamos la densa paz de la férrea dictadura Trujillista.

Antes habíamos vivido en la casa de la abuela materna en la calle Apolinar Perdomo frente al parque Central, donde nací.
Con cierto asombro, yo observaba a buen resguardo la débil humanidad de Angustio en su ceremonioso caminar de todas las noches, balanceándose en cámara lenta, de un lado a otro, en silencio, parecía un ser suspendido por escasos segundos en el aire por hilos invisibles antes de mudar el próximo paso, más bien, lucia como una marioneta y ese espectáculo me atemorizaba.

Siempre lo vi vestir de saco corbata y sombrero, indumentaria que con el tiempo se convirtió en harapos. Aquella forma de vestir fue un remedo de su lejano pasado cuando en su juventud vivía en la capital de la república y adquirió allí modales y costumbres citadinas.

La historia que se contaba de él, de acuerdo al testimonio de los mayores, la que le ocasionó su rara enfermedad psíquica y lo redujo a vivir en ese mundo de confusion, fue la de su desmedida afición por el alcohol. Trabajaba en una licorería en la ciudad y no pudo soportar la tentación, se inició en la bebida y se convirtió en un alcohólico, esto, como es de suponer, le afecto severamente su salud física y mental y lo condujo de regreso a Neyba en un viaje obligado, ya tomado por la fobia a la luz del día, dolencia que lo acompaño en todo el trayecto de su vida…. Hasta la muerte.

Fue desde entonces que para Angustio Gómez dejó de existir el bullicio de la mañana, renegó del brillo y de los colores de la naturaleza bajo el sol del medio día en su pueblo natal. Huyó de la luz de la alborada, y quiso que todo fuera oscuridad, esquivando en su paseo nocturno las bombillas del tendido eléctrico.

No es que fuese Angustio el único enfermo mental de nuestro pueblo para esa época, pero, definitivamente, era el único que yo recuerde conduciéndose con aquellos modales y compostura que “cualquier persona normal envidiaría”…

La locura siempre ha causado estupor a las demás personas, nos trastorna y nos hace vacilar ante los principios arraigados referentes a las aspiraciones de trascendencia que anima a la mayoría.

La muerte social y espiritual del enajenado resulta del divorcio que se produce entre él y el medio que lo circunda es un ser que vive ajeno, alienado de sí del mundo y de la sociedad.
No es justo contemplar a un semejante indefenso, tomado por la más triste y humillante de las miserias de este mundo, pasear su humanidad mendigando un pedazo de pan….


Era aceptado y respetado por todos. Para Angustio Gómez nunca hubo desprecio ni burla. Para este hombre silencioso, que apenas susurraba las palabras y que siempre al despedirse lo hacía con un “buenas noches” o un “muchas gracias, vuelvo mañana,” no existió el sentimiento de inconformidad fuese o no correspondida su humilde solicitud de ayuda……………….

Por tanto, para él, este sentido recuerdo. Que llegue a todo el continente de su pueblo ya crecido, con ínfulas de ciudad… con la finalidad de que todos entiendan que él y sus iguales del pasado y del presente son parte de la carga genética y social que heredamos de los ancestros. Sólo que a él, de esa herencia le
tocó de la peor parte, algo que aceptó, conduciéndose con dignidad, porque a pesar de su “aparente locura” fue un hombre dócil que mereció afecto y protección de las buenas almas neyberas….

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